dimecres, 2 de gener de 2008

OLOR A INCIENSO

Eran aproximadamente las 5 de la tarde. En la calle el día empezaba a menguar. Poquito a poco la luz del sol que aparecía entre las nubes que manchaban el cielo iba apagando su fuerza dejando pequeños destellos en los charcos de la carretera. El viento movía lentamente las pocas hojas que quedaban en los árboles, dejando caer aquellas que se quedaban sin fuerza para seguir cogidas al árbol que un día les dio vida.

Sara estaba en casa, ordenando los últimos libros que le quedaban para completar la colección. Cogió un incienso de la cajita de los olores y lo puso cerca de la ventana. El aroma empezó a recorrer cada rincón de la casa, dejando a Sara envuelta en un aire místico y agradable.

En la calle la gente andaba rápido, mirando al suelo, siguiendo los pasos largos y firmes. Todos seguían su dirección, sin importarles quien se cruzaba en su camino.
Empezaba a caer una lluvia muy fina.

Sara escuchó el goteo lento des de la ventana de su casa y sonriendo la abrió para respirar el olor a húmedo que tanto le gustaba.
Respiraba con los ojos cerrados nutriéndose del regalo que le daba la naturaleza. Extendía armoniosamente los brazos y con sus cálidas manos cogía la lluvia y se mojaba con ella su cara, sus brazos, su cuerpo. Sara bailaba y cantaba desnuda en la ventana sonriendo cada vez con mas fuerza, sin percatarse que fuera la gente se había detenido cerca de su casa contemplando el espectáculo que estaba dando.

Sin saber porque la gente empezó a sonreír, a mirar el cielo, a respirar el olor a húmedo que se había mezclado con el aroma a incienso de Sara. Se miraban unos a otros, sorprendidos, creían estar solos en el camino. Empezaron a desnudarse, recorriendo todo su cuerpo con las manos y a bailar como nunca antes lo habían hecho. En ese momento comprendieron que la vida regala momentos que son irrepetibles y que debían aprovecharlos para sentirse un poco mejor.